La cena del desconcierto

La Cena de Leonardo

Dice el evangelio de Juan, en el relato de la cena del Jueves Santo, que Jesús “amó a los suyos hasta el extremo”. De esa cena, decimos que es el momento de la fraternidad, del amor, de la mesa compartida. Y es verdad.

Pero también podríamos decir que, en esa cena, Jesús “los desconcertó hasta el extremo”. Los discípulos parecen más perdidos y confundidos que nunca. El ambiente en el cenáculo es todo menos relajado y festivo. La tensión es máxima. Se anuncian una traición y las negaciones. Judas sale y es de noche. Pedro rechaza violentamente que le laven los pies. Jesús les dice que va a entregar su vida y ellos siguen discutiendo sobre quién es el más importante. Jesús les habla de su paz y de su reino, que no son de este mundo, y ellos le presentan dos espadas. “Todavía no me conocéis”, llega a suspirar Jesús. No comprendéis nada ahora, quizás más adelante…

La cena de la amistad es la cena de la soledad de Jesús. Lo plasmó Leonardo Da Vinci en su famoso fresco: la figura de Jesús en el centro, aislada, con todas las líneas de la habitación confluyendo en él, mientras los apóstolos parecen alejarse hacia los bordes de la escena, como en un movimiento centrífugo, en grupos de tres, sorprendidos, discutiendo, enrabietados, recelosos, violentos. Jesús se va quedando solo, ahí en el cenáculo, aún más después, en Getsemaní, completamente en la pasión. Sólo le queda su diálogo con el Padre. Diálogo dramático y entregado, oscuro y luminoso a la vez.

Los discípulos que se preguntaban maravillados “¿quién es éste?”, cuando Jesús calmaba la tempestad en el lago, siguen sin saber a qué atenerse frente a un maestro tan extraño, tan diferente de lo esperado, tan desarmado, tan misterioso.

Ocurre así en todo encuentro humano. Sin un cierto desconcierto frente al misterio de la otra persona, no se alcanza a conocer nada, y, por tanto, no se llega a amar de verdad. En el misterio de Jesús, esto ocurre de manera sublime. Y en la última cena, ese estupor cae como un mazazo sobre los suyos. Ya quedarán completamente perdidos, hasta que vayan atravesando, fatigosamente sin duda, la luz incontrolable de la Pascua.

Todas las generaciones cristianas se esfuerzan en definir quién es su maestro y Señor, quizás para huir del temido desconcierto. Desde las formulaciones dogmáticas de los primeros siglos hasta las expresiones poéticas, emotivas, evasivas o autoritarias de nuestros días. Pero siempre necesitaremos regresar a la perplejidad de la cena del Jueves Santo, si queremos dejarnos introducir en lo recóndito del corazón de Cristo. Su reino no es de este mundo. Por eso, los que queramos seguirle, andaremos siempre tan desencajados. Como el pobre Jacob, arrastrando su cojera por el camino, tras luchar toda la noche con Dios. 

Javier Álvarez-Ossorio

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