Felicia me llama por teléfono. Imagino que será para algo del piso caravanero en el que vive. Pero no. Felicia llama para interesarse por mí. Se ha enterado de que me acaban de operar del ojo, y quiere saber cómo estoy. “Vosotros siempre preguntar mis cosas”, dice en su español aproximativo. “Yo también querer saber vosotros”.
Una onda sísmica de alegría me atraviesa por dentro. Felicia no es sólo “objeto” de mi servicio; ella está reclamando su derecho a quererme también.
Muchos no tendremos dificultad en reconocer que la ley suprema, el mandato principal, es el amor. Amar, o sea, desear el bien del otro y actuar en su favor. Muchos sabemos, por experiencia, que el amor suele ser unidireccional. El mismo Jesús pedía amar al enemigo, es decir, al que no te va a amar a ti de ninguna manera. Y cuando nos sentimos generosos, nos gustamos al ver que damos sin recibir nada a cambio. Parece que eso nos ennoblece, y nos hace especiales.
Pero ese amor unidireccional sólo es el inicio de un camino. Su destino, aquello a lo que secretamente aspira, es el amor recíproco: amar y ser amados. Aunque penemos la mayor parte de nuestra existencia dando sin recibir, la renuncia a la respuesta amorosa del otro tiene algo de oscuramente perverso, peligrosamente cercano a una soberbia difícil de desenmascarar.
Otra vez Jesús. En su forma más solemne, su mandamiento no es sólo amar, sino: amaos “los unos a los otros”. Lavaos los pies “los unos a los otros”. Perdonaos “los unos a los otros”. El amor es camino de ida y vuelta. Fiesta de dar y recibir.
Felicia me sacude con el mazazo más fenomenal: “¡Eh!”, me dice, “que yo también te puedo querer, ¿vale?”
He conocido y conozco, afortunadamente, a muchas personas muy generosas. Soy testigo de que sus alegrías más conmovedoras vienen de esos momentos de luz en que perciben el afecto entrañable que reciben de la gente a la que sirven. Ahí se hace pleno el amor: los unos a los otros. Ahí se desvela que, efectivamente, somos imagen de Dios.
Javier Álvarez-Ossorio

